La imagen corporal (IC) es un complejo constructo psicológico multidimensional que incluye tres componentes: el perceptual, que alude a la autopercepción de las dimensiones corporales, generando una representación mental y evaluativa del propio cuerpo; el cognitivo-afectivo, que incluye los pensamientos y sentimientos referidos al cuerpo y a la imagen del mismo, y el conductual, que se refiere a las conductas, en numerosas ocasiones evitativas, derivadas por los dos elementos anteriores (Ahrberg, Trojca, Nasrawi y Vocks, 2011;  Baile, 2003).

La imagen que cada persona tiene de sí misma no es innata, depende de la propia experiencia y de la imagen proyectada que es percibida por los demás. La sociedad occidental ha evolucionado hacia un ideal de delgadez, al tiempo que el peso real de las personas ha ido en aumento. Además, dado que la IC está enormemente influenciada por la interacción con los demás y por la valoración social que se realiza del cuerpo, las personas tienden a comparar el propio cuerpo con el cuerpo ideal socialmente predominante y con los cánones estéticos familiares, hallando una discrepancia sobre la que se construye la insatisfacción respecto a la imagen corporal (IMCO), afectando a todas las dimensiones de la autoestima (Raich, 2013).

La preocupación por la IC y la alteración de la percepción del propio cuerpo pueden comenzar en la infancia, dando lugar a que niños y, con mayor frecuencia, niñas (Fortes, Amaral, Almeida y Ferreira, 2013; Fuller-Tyszkiewicz et al., 2012; Jimémez-Flores, Jiménez-Cruz y Bacardí-Gascón, 2017) reporten IMCO ya desde los 5 años (Pallan, Hiam, Duda y Adab, 2011; Tremblay, Lovsin, Zecevic y Larivière, 2011), siendo esta insatisfacción mayor en mujeres y aumentando con la edad en niños y adolescentes (Bully y Elosua, 2011)  y con el incremento del índice de masa corporal (IMC) (Escandón-Nagel, Vargas, Herrera y Pérez, 2019).

El hecho de que la distorsión en la percepción del propio cuerpo (Montero, Morales y Carvajal, 2004) y laIMCO estén más presentes en mujeres,  cuya autoevaluación está exageradamente influida por el peso y la silueta corporal, teniendo mayor relación con la autoestima (Bleidorn et al., 2016;Salvador, García-Gálvez y De la Fuente, 2015), y aumentando con la edad (Bully y Elosua, 2011), podría ser indicativo de la presión ejercida por el entorno, lo que fundamentaría la necesidad de análisis del impacto de la construcción social del género sobre la IC (Rodríguez, 2013) y sus consecuencias, tanto a nivel psicológico como físico. 

Sabemos que tanto la distorsión de la IC, definida por Thompson (1990) como un estado de insatisfacción y preocupación persistente relacionado con algún aspecto de la apariencia física, como la IMCO, basada en la discrepancia entre el ideal social imperante y la realidad, se encuentran en el centro  de las actitudes y las conductas disfuncionales respecto a la alimentación y a la relación con el propio cuerpo, siendo cruciales en el desarrollo de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) (Suelter et al., 2018). Esto podría explicar las superiores tasas de prevalencia de anorexia nerviosa, bulimia nerviosa y trastorno de atracones en mujeres (Jiménez-Flores et al., 2017; Papp, Urbán, Czeglédi, Babusa y Túry, 2013), ya que es en esta población en la que más se ceba la industria de la imagen. Industria que genera un nivel de insatisfacción suficiente para favorecer el consumo centrado en la frenética búsqueda de un bienestar enfocado en la consecución de una imagen que no existe, garantizándose así la perpetuación de las conductas consumistas que la mantienen.

Al trabajar con personas con alteración de la IC y con TCA, lo habitual es que el objetivo de estos pacientes sea el de “cambiar el cuerpo”, generalmente perdiendo peso, ya que este objetivo se fundamenta en conductas que el paciente puede controlar. Sin embargo, la distorsión de la imagen corporal consiste en la disociación que se padece con respecto al cuerpo, en el intento de evitar lo que representa y lo que surje de él (lo que el cuerpo transmite, siente o expresa), de manera que la experiencia del día a día no cambia la idea que la persona tiene acerca de su cuerpo, por lo que, aunque el cuerpo cambiase, no lo haría la idea del mismo, ni la relación con él, siendo el proceso tan estéril como interminable.

Es muy importante clarificar la demanda de ayuda del paciente y consensuar unos objetivos de terapia reales basados en:

-Identificar y aceptar el cuerpo como propio, en la relación con uno mismo y con los demás.

-Trabajar el sistema de creencias que estructura la experiencia del paciente para que pueda experimentar el mundo interno y externo de forma más sana.

-Reconstruir el autoconcepto, sustituir la distorsión de la imagen corporal por aceptación.

-Aprender a sentir el cuerpo desde la gratitud, a cuidarlo y a respetarlo. 

-Entender el cuerpo como el valioso y generoso instrumento que permite conectar con el exterior, posibilitando múltiples experiencias.

-Consolidar una autoestima sana, adoptar una disposición amable, compasiva y amorosa frente a uno mismo.

En suma, la intervención terapéutica en los trastornos de la IC y los TCA no puede centrarse en el cambio del propio cuerpo, sino en el cambio en la relación que se tiene con el mismo.

Cristina Martínez

Ahrberg, M., Trojca, D., Nasrawi, N. y Vocks, S. (2011). Body image disturbance in binge eating disorder: A review. European Eating Disorders Review, 19(5), 375-381. 

Baile. J.I. (2003). ¿Qué es la imagen corporal? Rev. Humanidades“Cuadernos del Marqués San Adrián”,2, 1-17. 

Bleidorn, W., Arslan, R. C., Denissen, J. J., Rentfrow, P. J., Gebauer, J. E., Potter, J. et al. (2016). Age and gender differences inself-esteem: A cross-cultural window. Journal of Personality and Social Psychology, 111(3), 396-410.

Bully, P., Elosua, P. (2011). Changes in body dissatisfaction relative to gender and age: The modulating character of BMI. Span J Psychol.,14, 313-322. 

Escandón-Nagel, N., Vargas, J.F., Herrera, A.C., y Pérez, A.M. (2019). Body image on sex and nutritional status: Association with the construction of self and others. Mexican Journal of Eating Disorders10(1), 32-41.

Fortes, L., Amaral, A., Almeida, S., Ferreira, M. (2013). Effects of psychological, morphological and sociodemographic variables on adolescents’ eating behavior. Rev Paul Pediatr,31, 182-188.

Fuller-Tyszkiewicz, M., Skouteris, H., McCabe, M., Mussap, A., Mellor, D., y Ricciardelli, L. (2012). An Evaluation of Equivalence in Body Dissatisfaction Measurement Across Cultures. J Pers Assess, 94, 410-417.

Jimémez-Flores, P., Jiménez-Cruz, A., y Bacardí-Gascón, M. (2017). Insatisfacción con la imagen corporal en niños y adolescentes: revisión sistemática. Nutrición Hospitalaria34(2), 479-489.

Montero, P., Morales, E. M. y Carbajal, A. (2004). Valoración de la percepción de la imagen corporal mediante modelos anatómicos.Antropo, 8, 107-116.

Pallan M.J.,  Hiam, L.C., Duda, J.L., y Adab, P. (2011). Body image, body dissatisfaction and weight status in South Asian children: a cross-sectional study. BMC Public Health, 11,21. 

Papp, I., Urbán, R., Czeglédi, E., Babusa, B., y Túry F. (2013). Testing the Tripartite Influence Model of body image and eating disturbance among Hungarian adolescents. Body Image, 10, 232-42.

Raich, R. M. (2013). Imagen corporal: Conocer y valorar el propio cuerpo. Madrid: Pirámide.

Rodríguez, J. F. (2013). Alteraciones de la imagen corporal. Madrid: Síntesis.

Salvador, M., García-Gálvez, C. y De la Fuente, M. (2015). Creencias y estrategias para el control del peso, satisfacción con la imagen corporal y autoestima. European Journal of Education and Psychology, 3(2), 257-273.

Suelter, C.S., Schvey, N., Kelly, N.R., Shanks, M., Thompson, K.A., Mehari, R. et al. (2018). Relationship o

Thompson, J.K. (1990).Body image disturbance: Assessment and treatment. Pergamon Press: New York.

Tremblay, L., Lovsin, T., Zecevic, C., y Larivière, M. (2011). Perceptions of self in 3-5-year-old children: A preliminary investigation into the early emergence of body dissatisfaction. Body Image8, 287-92.