Por Andrea Mezquida Ortega – Calma al mar y Cristina Martínez Brotóns – Psicoforma

La dependencia emocional es la necesidad extrema de afecto y contacto continuo y excesivo por parte de la pareja (Momeñe, Jáuregui y Estévez, 2017). Es dependencia porque el deseo de contacto y compañía del otro se transforma en una urgencia desmedida y dominada por el pánico al distanciamiento o a la ruptura (Del Castillo, Hernández, Romero e Iglesias, 2015). Esta intensidad perturba el vínculo emocional y provoca desregulación, desgaste, ansiedad, comportamientos impulsivos e incluso autodestructivos para retener a la pareja y reducir la tensión generada por el terror a la pérdida.

El apego es un constructo íntimamente relacionado con la dependencia emocional. Existe evidencia del efecto mediador del apego en la calidad de las relaciones afectivas y de pareja, tanto en jóvenes como en adultos (Jensen, Willoughby, Holman, Busby y Shafer, 2015; Martínez, Fuertes, Orgaz, Vicario y González, 2014;  Valle y de la Vila, 2018).

La teoría del apego explica las relaciones afectivas, desde la infancia, en función del grado de seguridad con el que los individuos se relacionan con su entorno. El apego es el vínculo afectivo estable en el que la persona percibe al otro (inicialmente, a la figura materna) como emocionalmente significativo y como base de protección y seguridad, experimentándose angustia ante la separación de esa persona (Ainsworth, 1989; Cassidy, 2008). 

La extensión de la teoría del apego a las relaciones afectivas adultas, proporciona un valioso marco para el estudio de las relaciones de pareja. El apego adulto, que afecta al desarrollo psicológico del individuo y a las habilidades emocionales e interpersonales, puede explicarse en función de los vínculos tempranos de protección,  que acontecen en un ambiente de confianza, comprensión y reconocimiento. 

En este sentido, el apego seguro en la infancia facilita un autoconcepto en el que la persona se considera valiosa y digna de afecto, lo que repercutirá en las relaciones con los otros (Bowlby, 1979, 1988), que moldearán el comportamiento adulto en las relaciones de pareja (1982). Este tipo de apego, se caracteriza por poseer una estructura mental positiva y confiada que permite establecer relaciones interpersonales sanas, satisfactorias y estables (Holland, Fraley y Roisman, 2012), basadas en la comodidad interpersonal, la amistad y el deseo de intimidad, manteniendo un equilibrio entre las necesidades afectivas y la autonomía personal. Sin embargo, el apego inseguro presenta una estructura mental de tendencia negativa y baja confianza, constituyendo relaciones de base temerosa, insegura, conflictiva y de gran intensidad y labilidad emocional, ya sea afectada por la visión negativa de sí mismo o del otro.

En general, podemos afirmar que los estilos de apego son predictores de la dependencia emocional y la permanencia en relaciones abusivas. En función del estilo de apego, de los patrones afectivo-relacionales y del autoconcepto desarrollado, se pueden establecer relaciones basadas en la dependencia o en la confianza y autonomía.

Un modelo que resulta de gran utilidad para entender y explicar la influencia del apego en las relaciones y las relaciones de dependencia emocional, es el modelo de regulación emocional de Gilbert (2009), que plantea tres sistemas de regulación emocional que se encuentran interconectados:

El sistema de amenaza y defensa o protección, se activa al detectar peligros potenciales. Se trata de un sistema de actuación rápida, que implica emociones intensas (ansiedad, asco, ira, etc.), que elicitan la acción, a fin de asegurar la supervivencia. Al tratarse de un mecanismo de supervivencia, su actuación es de urgencia y el cerebro le da prioridad, la evaluación de amenaza es automática, funciona a través de la vía nerviosa inferior corta y no requiere de la intervención de las estructuras corticales. Aunque este mecanismo resulta muy útil para la supervivencia por su inmediatez, puede activarse sin la presencia de una amenaza concreta. El mero hecho de pensar en la existencia de la misma, activará la respuesta. Por eso, este sistema puede generar problemas: su activación es muy rápida y tiene prioridad por encima de cualquier otro sistema, además, la intensidad de su respuesta puede no ser adecuada.

En el contexto de las relaciones de pareja, en adultos con apego inseguro, este sistema puede ser predominante, lo que supondría un estado de alerta permanente en el que las conductas de la pareja, se entienden, viven y afrontan como una amenaza a la seguridad y al bienestar. Ante esa amenaza, la persona puede llevar a cabo conductas inadecuadas en el contexto de pareja, relacionadas con la lucha y la huida. 

El sistema de incentivo y búsqueda regula las emociones mediante la búsqueda de recursos que satisfagan deseos y necesidades materiales e inmateriales. Su activación implica conductas orientadas al logro y su consecución proporciona satisfacción y placer. En el ámbito de las relaciones de pareja, si este sistema predominase, el individuo buscaría en la relación su propia satisfacción, motivado hacia el logro de la consecución de sus deseos y buscando en el otro la fuente de satisfacción de sus necesidades.

El sistema de calma y afiliación regula las emociones a través de la vinculación amable, amorosa y segura con los demás y consigo mismo. Este sistema se relaciona con emociones de alegría, calma, confianza y seguridad. 

Su activación se produce cuando se está con personas con las que existe un vínculo afectivo y emocional seguro y cuando se practica Mindfulness y Compasión. La activación de este sistema está relacionada con conductas de atención, amabilidad y cuidado que poseen cualidades calmantes y generadoras de sentimientos positivos de bienestar, seguridad y conexión social. Asimismo, promueve la creatividad, la curiosidad, la apertura, el compromiso y conexión con los demás y el auto-cuidado. 

Estos tres sistemas están conectados y son interdependientes. El sistema de amenaza, responsable de la supervivencia, es prioritario, de manera que su activación inhibe a los otros dos sistemas. El sistema de calma y afiliación, sin embargo, contribuye a regular el funcionamiento de los sistemas de amenaza y búsqueda, proporcionando la calma que se requiere para el restablecimiento del bienestar emocional.

Como síntesis, es importante incidir en que el bienestar no se asocia a la ausencia de amenazas, ni el malestar a la presencia de las mismas, ya que, como hemos visto, la mera idea de una amenaza es capaz de activar este sistema. El bienestar está relacionado con la puesta en marcha del sistema de calma y afiliación, que se activa con conductas asociadas al cuidado y a la conexión social (Cullen y Brito, 2015). 

Todo lo anterior podría indicar que el apego inseguro en la infancia participa en el sobrefuncionamiento del sistema de amenaza y defensa o protección, desestabilizando el equilibrio de los tres sistemas de regulación emocional y dificultando las relaciones interpersonales en general, y de pareja, en particular. Los adultos con apego inseguro, activan su sistema de amenaza ante la relación y las conductas de su pareja, buscando realizar conductas de seguridad que conducen a relaciones de dependencia.

Podríamos establecer una distinción entre tres tipos de dependencia atendiendo a los siguientes tres roles (Karpman, 1968) que las personas podemos desempeñar en las relaciones, a fin de mantener a la figura de apego. El juego disfuncional de uno de esos tres roles es la manifestación conductual de algún tipo de dependencia y se desarrollará con patrones de conducta muy distintos entre sí (Edwards, 2011): Dependencia complaciente, que daría lugar al rol de Víctima, Dependencia demandante, que será el Perseguidor y Dependencia salvadora; el Salvador.  

Dependencia Complaciente: En la que los individuos con apego inseguro ansioso poseen un autoconcepto negativo, considerando que los demás son mejores, más valiosos y más dignos de atención y amor (Bartholomew y Horowitz, 1991). Se trata de personas con baja autoestima, que presentan una exacerbada activación del sistema de apego, mostrando conductas de dependencia como la constante necesidad y búsqueda de reconocimiento y aprobación. La amenaza de distanciamiento o abandono está constantemente presente en su experiencia, de manera que estos individuos, con el objetivo de retener al otro, tienden a inhibir cualquier conducta que consideren que puede alejar a su pareja y a realizar todas aquellas conductas que son susceptibles de agradar y mantener así la relación. Este tipo de relación está basado en un sistema de reforzamiento negativo en el que el malestar provocado por el temor a la desaprobación y la subsiguiente pérdida de la relación, se alivia mediante conductas que buscan agradar y complacer al otro para reducir así la tensión por la posible ruptura.

La dependencia emocional demandante: es aquella en la que se demanda exigente y reiteradamente atención, pudiendo llegar a recurrir a amenazas, manipulación e incluso a coartar la libertad de la otra persona. Este tipo de dependencia está relacionado con el apego inseguro. Su conexión con el apego ambivalente tendría sentido considerando que las dudas acerca de si la figura de apego va a responder adecuadamente a sus necesidades son habituales y, cualquier conducta que haga intuir que podría no ser así, es considerada falta o amenaza que atenta a su bienestar y felicidad, generando gran angustia y, provocando respuestas conductuales demandantes y desproporcionadas como mecanismo de regulación disfuncional. Asimismo, el apego desorganizado, que se caracteriza por la ambivalencia de la figura de apego, que se presenta como fuente de satisfacción y amor en algunas ocasiones y como fuente de daño y dolor en otras, puede también explicar este tipo de dependencia. En estos casos, perder a la figura de apego es motivo de ansiedad y, contradictoriamente, también puede experimentarse como un alivio. De igual manera, el regreso de esa figura puede recibirse con mucha alegría o con mucho temor. Generalmente, ante la falta de seguridad en las figuras de apego, la persona ha desarrollado la idea de que esta carencia ocurre como resultado de su falta de valía. Esta idea se puede transformar en una teoría que la persona utilice para relacionarse con el mundo, por lo que un pobre concepto de uno mismo acarreará con una vida llena de inseguridades y miedo a ser abandonado. En este tipo de dependencia, al contrario que en la complaciente, la persona tiene la necesidad de sentir seguridad proveniente de su figura de apego, por lo que “diseña experimentos” de forma constante para comprobar la disponibilidad de su pareja. Si esas expectativas se ven comprometidas o no satisfechas, la seguridad se tambalea y la necesidad de calma se impone como urgencia, por lo que se realizan impulsivamente conductas demandantes(control, reproches, culpabilizaciones, nuevas demandas, explicaciones, celos, etc.) a fin de restaurar el equilibrio.

La dependencia emocional salvadora: es la que se basa en resultar necesario para el otro, convirtiéndolo en alguien más frágil del que cuidar. La relación se establece desde un esquema asimétrico en el que se encuentra el salvador, que necesita dar, rescatar, proteger y cuidar a toda costa, porque es ese rol el que le da sentido dentro de la relación y le permite sentirse seguro de la misma y, por otro lado, el salvado, como ser débil, necesitado y desprotegido. Se trata igualmente de una relación de dependencia porque, para sentir que el vínculo es seguro, desde un apego inseguro, la persona con dependencia salvadora presenta la imperiosa necesidad de estar pendiente y sobrevolando constantemente a la otra persona para protegerla a toda costa, aun sin ser necesario. Es probable que los problemas y dificultades de la figura de apego se enfrenten con emociones contradictorias, puesto que son oportunidades para afianzar la relación de “necesidad”, de manera que los conflictos o son experiencias agridulces. En este contexto, la dedicación al otro es excesiva, llegando incluso a subordinar de manera sistemática las propias necesidades u ocupaciones a fin de estar disponible para el rescate inminente de la figura de apego. Esta dedicación, innecesaria, invalidante y patológica no suele verse reconocida y compensada por la otra persona como se esperaría, lo que a su vez produce temor al abandono y más sobrefuncionamiento en el rol.

Es posible que, a lo largo de tu vida, hayas tenido este tipo de relaciones, no solo en el ámbito de la pareja, sino en la familia, entre amigos, compañeros de trabajo, etc. A continuación, podemos darte algunas pautas y estrategias para ir desapegándote de esa persona, de ese rol o de ese estilo de relación que consideras que podría ser dependiente.

Recuerda que el objetivo no es romper esa relación, sino hacer los cambios necesarios en ti para que esa relación sea sostenible y se emplace un el contexto de una vida que merece ser vivida. Eso, puede implicar la ruptura de la relación, el distanciamiento o no, así que respira, suelta la tensión y quita el freno de mano. Sigue leyendo y respeta tu ritmo para hacer los cambios que consideres a fin de iniciar ese camino hacia tu independencia emocional y vivir plenamente.

Detecta y reconoce el problema: El paso que antecede al cambio es la toma de consciencia. Salir de una relación de dependencia requiere el reconocimiento de la existencia del problema. A veces, en estas situaciones, las emociones no nos permiten ver con claridad. Quizás hay algo que pueda ayudarte: describe la relación, no la etiquetes ni la juzgues, simplemente describe cómo es. 

Identifica las conductas dependientes que sueles tener: Identifica aquellas conductas de dependencia emocional, desmenuza lo que ocurre en conductas pequeñas y descríbelas sin juzgarlas, como si las observaras en una película. Una buena pregunta sería ¿Qué vería otra persona si estuviese allí?. Este ejercicio te dará claridad y te permitirá elaborar un listado de “conductas de dependencia” para estar alerta e identificarlas si ocurren y poder cambiarlas.

Entrena habilidades de tolerancia al malestar: Las conductas de dependencia son una forma de evitar el malestar y el dolor que nos produce anticipar la pérdida o el abandono de la otra persona. Es necesario enfrentar ese miedo, tanto a la pérdida como al malestar físico y emocional que provoca la mera idea de esa pérdida. Lo cierto es que el antídoto es básicamente la aceptación radical de esa posibilidad y la exposición a esa idea. Mindfulness es una fantástica herramienta para el manejo de esa experiencia, puede ayudarte a aceptar y transitar esa experiencia sin añadir más sufrimiento. Si logras alcanzar esa aceptación, las conductas de dependencia, que son mantenedoras del sufrimiento, resultarán innecesarias e irán diluyéndose.

Inicia el distanciamiento físico: Tanto si has decidido romper la relación como si has decidido repararla, necesitarás poner un cordón sanitario. Es necesario que exista una distancia que permita enfriar y ver la relación con perspectiva. La duración de ese periodo no está predefinida, sin embargo, podemos darte una pista: mientras vivas esa distancia con ansiedad y miedo a la pérdida, el cordón sanitario debe mantenerse. En ese momento, como en cualquier adicción, puedes mentir y mentirte, decir que “tenéis que hablar” (como si hablar de nuevo sobre lo mismo fuese útil en este punto), que ya no es dependencia, romper la distancia a través de conocidas argucias (estado de whatsapp, stories en instagram, una foto, una publicación) que sabes que te comunican con esa persona. Hazte un favor y no hagas trampas, deja tiempo, si retomar la relación es posible, solo funcionará desde la calma y para eso, aún necesitas tiempo.

Céntrate en los aspectos importantes de tu vida presente: A veces, es muy difícil retirar la atención de algo o alguien y cuanto más se intenta, menos funciona. Ya nos lo dijo Jung “a lo que te resistes, persiste”, compruébalo: no pienses en un coche rojo. Ale, ya lo tienes, el coche rojo acaba de entrar en tu mente. ¡Sácalo! ¿No puedes?. Pues eso, “a lo que te resistes, persiste”. Por eso, vamos a darte una clave, en lugar de no atender a esa persona, de no pensar, de no acordarte (recuerda, no funciona), pon tu atención en otros focos de interés, mantén un buen nivel de actividad, queda con gente, retoma una afición, haz ejercicio, y pon límite al tiempo que dedicas a hablar de esa persona o de la relación. Te diríamos que máximo 10 minutos al día, ¡ni uno más!.

Trabaja en ti: Piensa en ti. ¿Qué ha pasado para que la relación se haya desarrollado de esta manera?, ¿qué expectativas tenías?, ¿eran razonables?, ¿qué necesidades estabas tratando de cubrir?, ¿por qué?, ¿de qué manera?. Desarrolla una mayor y mejor consciencia de ti mismo/a y crece con esta experiencia para poder aprender y entrenar habilidades que te permitan establecer relaciones desde una base diferente que haga posible una forma de relacionarte contigo y con los demás de forma distinta.

Rodéate de personas que sumen: Vas a necesitar apoyo. Es una pérdida y, por lo tanto, te enfrentas a un proceso de dolor para el que necesitas una red de sostén y contención. Puedes rodearte de amigos y familiares, ellos te acompañarán en el proceso. No los conviertas en cómplices de tu obsesión, úsalos como un trampolín para saltar a otro nivel.

Para todo esto, no es necesaria la ayuda profesional, si sigues estas pautas, estamos seguras de que, poco a poco, las emociones se irán regulando y podrás tomar decisiones más allá de la dependencia. Sin embargo, si te das cuenta de que te resulta muy difícil y el proceso se alarga, cuenta con la ayuda de un/a profesional de la psicología que te pueda ayudar en el entrenamiento de recursos, habilidades y estrategias para hacer posible este proceso. Eso sí, para garantizar la calidad y el éxito de la intervención, asegúrate de que es psicólogo/a y de que está colegiado/a.

Ainsworth, M. D. S. (1989). Attachment beyond infancy. American Psychologist, 44(4), 709- 716.

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