Tradicionalmente, la licenciatura y grado en psicología han prestado poca atención al conocimiento y entrenamiento en las habilidades y destrezas que se requieren para el ejercicio de la psicología de la salud, dejando esa formación a algunas enseñanzas de postgrado o, simplemente, al aprendizaje por ensayo y error que el propio clínico realice a través de sus años de experiencia. La existencia de esta laguna en la formación es de gran importancia, ya que el éxito de la intervención terapéutica depende de múltiples variables relacionadas tanto con el enfoque terapéutico, el análisis de las variables implicadas y la selección de las técnicas más eficaces, como con las habilidades del clínico. Ni la terapia más eficaz, ni el análisis más exhaustivo, ni las técnicas más potentes resultarán, sin que el terapeuta haya desarrollado un repertorio de actuación que permita al paciente sentirse acogido, comprendido, motivado y seguro para afrontar el desafío que supone el trabajo terapéutico (Barraca, 2009). 

La terapia es un proceso compartido en el que todos los componentes, paciente y terapeuta, tienen un papel activo que necesariamente implica consciencia, aprendizaje, cambio y crecimiento, en el que el objetivo del terapeuta es la ayuda, para lo que precisa de una cualidad fundamental, la compasión, entendida como la predisposición a ser sensible hacia el sufrimiento propio y de otros junto con un firme compromiso para tratar de aliviarlo (Gilbert, 2015).Así, sentarse con el otro, y no frente al otro, requiere, de no pocas cualidades y habilidades que son imprescindibles para generar el clima adecuado, ese ambiente generador del vínculo en el que se fundamenta la alianza terapéutica, motor imprescindible para el trabajo en psicoterapia.

Tal como indicaron Binglan y Hayes (1996), cualquier evento psicológico o conductual va mucho más allá del síntoma y solo puede entenderse dentro de un contexto. Así pues, el interés del terapeuta se dirige a la relación entre el individuo y su contexto actual e histórico (Hayes, 2004), situando dicha relación como centro de análisis y comprensión. El trabajo de explorar esa interacción organismo-contexto requiere presencia consciente, aceptación libre de juicio, interés genuino, compromiso y tiempo. Puesto que cada contexto, cada individuo y cada interrelación entre ambos es única, la intervención no será fácilmente generalizable, precisando una amplia y elevada capacidad de análisis, de apertura, de atención y consciencia que permitan al terapeuta identificar y despojarse de sus propias creencias, expectativas y experiencias para responder al paciente centrándose en sus necesidades, valores y objetivos. A fin de identificar y lograr los cambios necesarios, el terapeuta requiere de habilidades en diferentes áreas: a) Habilidades básicas que están vinculadas a la relación terapéutica, como aceptación, cordialidad y respeto, b) Habilidades de escucha, c) Habilidades de acción verbal, d) Habilidades y competencias de interacción como flexibilidad, fluidez, seguridad, trabajo en grupo, etc. e) Habilidades generativas y f) Habilidades dialécticas, y el entrenamiento en todas ellas, es absolutamente esencial e imprescindible para que la formación de los graduados en psicología se considere completa. Aunque son numerosos los psicólogos generales sanitarios y los clínicos, no son tantos los profesionales que los pacientes calificarían como auténticamente comprometidos y eficaces, y es que esta profesión, la psicología de la salud, es altamente demandante, ya que la formación técnica, que exige un amplio conocimiento teórico y práctico en lo relativo a los tratamientos psicológicos basados en la evidencia, está vacía si no se acompaña de las habilidades intra e interpersonales que permiten conectar realmente con el otro, requisito imprescindible para la ayuda. Estas cualidades no son accesorias, son básicas para el ejercicio y el éxito de la intervención terapéutica y, aunque su adquisición es un proceso exigente y complejo, resulta un reto apasionante, puesto que cuando un paciente acude a psicoterapia está entregando su confianza en un momento de elevada vulnerabilidad y, es el terapeuta el que la recoge con la autenticidad que merece, porque que un paciente abra la vida, el alma y la mente tiene que ser reconocido como un acto de valentía, humildad y generosidad que, por parte del profesional, solo puede ser acogido desde la gratitud, la aceptación, el respeto y la responsabilidad.

Cristina Martínez

Barraca, J. (2009). Habilidades Clínicas en la Terapia Conductual Tercera Generación. Clínica y Salud20(2), 109-117. 

Binglan, A. y Hayes, S. C. (1996). Should the behavioral sciences become more pragmatic? The case fot functional conntextualism in research on human behavior. Applied and Preventive Psychology, 5(1), 47-57.

Gilbert, P. (2015). Terapia centrada en la compasión. Características distintivas. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Hayes, S. C. (2004). Acceptance and commitment therapy, relational frame theory, and the third wave of behavioral and cognitive therapies. Behavior Therapy, 35(4), 639-665.